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Concurso de Relatos Cortos Premio Especial del Público: LA VENDIMIA

Premio Especial del Público: LA VENDIMIA

PREMIO ESPECIAL DEL PÚBLICO

Título: La Vendimia

Autor: ANTONIO CARLOS RUIZ MARÍN (Atarfe)

 

Corría buena parte de septiembre en el calendario y la tarde comenzaba a retirarse perezosamente. Las nubes discurrían sobre el cielo de aquel bonito pueblo vallisoletano, que se encuadraba desde siglos atrás en una fértil y próspera vaguada, cuna de los más formidables caldos que se hayan podido conocer y saborear.
La localidad, pequeña y coqueta, presentaba un bullicio inusual, fruto de la incesante actividad recolectora que ordenaba el almanaque. Los lugareños volvían de las faenas agrícolas, en interminables hileras de vides, soportando un sol justiciero que no les arredraba en su gran objetivo, con sus rostros llenos de la satisfacción del triunfador. La dura labor se veía recompensada por los rebosantes remolques de uvas menudas, que proporcionarían el reconocido premio en forma de los vinos más exclusivos, cuando pasaran el oportuno período de fermentación en bodegas centenarias.
El trajín de vehículos, repletos de agricultores fatigados y renegridos, se concentraba en poco más de una hora. Pronto regresaría una calma callejera que duraría hasta el inicio de la jornada siguiente. No mucho.
En uno de aquellos polvorientos coches, sentado en la parte trasera ubicada detrás del copiloto, José Castillo observaba, absorto en vagos pensamientos, el paisaje local a través de la ventanilla bajada del Vitara plateado que le llevaba de vuelta cerca de casa. Podía ver los bancos de madera llenos de corrillos de jubilados distraídos o un grupo de niños jugando a la pelota después de improvisar la portería en el hueco de fachada que quedaba entre el portón y una amplia ventana de un caserón que era propiedad de una familia que se había mudado a Valladolid y que solía regresar a pasar el período vacacional cada año. Unas adolescentes de vestidos coloridos reían a carcajadas en la esquina de la farmacia y un muchacho repeinado, parecía esperar a su novia mientras mantenía un teléfono en su mano derecha, apoyado en una esbelta farola gris que no siempre funcionaba como debía.
El vehículo llegó a su destino y se detuvo enfrente de una antigua tiendecita de productos típicos de la zona. En su pequeño escaparate se ofrecían diferentes botellas de vino blanco con etiquetas que daban todo tipo de explicaciones sobre las bonanzas de los caldos, unas bolsas de brillantes garbanzos para los potajes más reparadores de fuerzas, redondos quesos artesanales, varios dientes de ajos repartidos en una cesta de mimbre, unas tabletas de sabrosísimos chocolates hechos por una familia del pueblo que se dedicaba a ello de toda la vida y una docena repartida entre tarros de miel anaranjada y mermeladas confitadas de diferentes sabores, que proporcionaban la mayor de la salud y de las sanas envidias . Un cartel de cartulina amarilla donde se avisaba en tonos rojos que se podía conseguir carne de caza menor y variadas chacinas previo encargo y otro más modesto de color verdecillo en el que se informaba, con un rotulador de trazos gordos, de que habría níscalos del terreno en cuanto las esperadas primeras lluvias otoñales lo facilitaran, remataban la visitada exposición.
Tras despedirse de sus tres compañeros de trabajo hasta el jornal siguiente, José anduvo unos metros por una acera a la que le faltaba parte de alguna baldosa y se detuvo delante del cortinón rallado, en una fachada pulcramente encalada, que escondía una puerta ocre de madera que ya tenía varias décadas de servicio. Llegaba cansado de la dura labor agrícola que ayudaba al sustento económico durante una parte concreta del año.
La llave giró la cerradura y la puerta de entrada se abrió obediente. La vivienda era modesta y con sabor a antigüedad. José la había adquirido a una señora mayor, que se había ido a vivir con una de sus hijas a Medina del Campo, y que la tenía perfectamente mantenida y cuidada de pintura y fontanería. Un acogedor salón, un cuarto de baño completo, una cocina con una alacena de tres baldas empotrada en la pared, dos amplios dormitorios con ventanales y un patio entoldado por una frondosa parra, cuando era la verde época, conformaban la modesta morada. No era ningún lujo, pero hacía su función fielmente.
Un buen rato duró la ducha templada recuperadora de fuerzas. Una vez terminada, pasó al salón, encendió una lámpara de mesa que estaba rodeada de un par de marcos con fotografías de su familia y se sentó en un sillón de escay azulillo de grandes orejeras, mientras encendía la televisión y esperaba la cena que aromatizaba casi la totalidad de la vivienda. Pilar, con un delantal manchado, se afanaba en la cocina por darle el toque final al suculento potaje de cocido que iban a degustar en breve. Se le daban bien las artes culinarias, como todo lo que se hace con gusto y pasión.
Repartidos los platos hondos, comenzaron la cena separados por el incesante humo de la sopa. Pilar hablaba de la subida del pan y de cómo era tan difícil llegar a fin de mes con desahogo. José la miraba profundamente. Ella, a pesar de que los años no pasaban en balde, seguía teniendo la sonrisa fácil y los ojos aceitunados que motorizaban con fuerza el corazón de José. Él seguía tan enamorado como el primer día que la había visto en las fiestas de aquel pueblo de Valladolid, al que había llegado, casi por casualidad, al aceptar una oferta de trabajo para ir a la vendimia que venía anunciada en un periódico que se leía por tierras jiennenses. Paseando por los diferentes tenderetes, dispuestos en hilera a lo largo de la calle principal, donde se ofrecían todo tipo de productos y objetos típicos de la mancomunidad, llegó a uno que se dedicaba a la venta de plantas y especias medicinales y que ambientaba avariciosamente el lugar. Aguardó su turno tras una señora gordita que estaba comprando un cartucho de clavo y otro de pimentón dulce. El comerciante se dirigió a José con la sonrisa abierta del experimentado hombre de negocios:
-¿Qué le pongo al señor?- le espetó con una mirada generosa.
-Un poco de nuez moscada y unas hebras de azafrán. Por favor- contestó el menudo forastero, devolviendo el gesto facial.
Procedía el simpático tendero en la preparación minuciosa del embalaje de los artículos requeridos, cuando José notó la presencia silenciosa de alguien detrás de él.
-Buenos días- sonó una dulce voz femenina.
José se giró y comprobó que procedía de una señorita de pelo recogido moreno, de gruesos labios carmíneos que acompañaban una nariz perfectamente perfilada y unos ojos verdosos que serían capaces de atravesar cualquier corazón encallecido por el dolor más terrible. Llevaba un vestido de botones delanteros con motivos florales, que apenas le tapaba las rodillas, y varias pulseras con abalorios diversos en su muñeca derecha. José miró y volvió a mirar sin disimulo alguno. Quedó prendado al instante.
Pagó los dos papeles adquiridos con los condimentos y apenas separó su mirada de lo que hacía ella, mientras la veía perderse entre las gentes que paseaban por las tiendecitas portátiles. Fruto de una orden interior alejada de toda razón, decidió seguirla prudentemente y saber algo más de la mujer. Otras dos muchachas la acompañaban en su curioso paseo con unas tarrinas de granizado, hasta que se sentaron en unos de los bancos callejeros, que tenía la sombra adecuada para el descanso. Acabado el refrigerio, las amigas se levantaron y abandonaron el lugar. Ella quedó sola. Incluso distraída en sus pensamientos era la más guapa que José había visto nunca. Él compró dos helados de chocolate y se acercó al banco con desconocida determinación.
-Hola, ¿te importa que te invite a un helado?. Me llamo José y llevo algunos días por el pueblo, pero no nos habíamos encontrado nunca- el rubor le desnudó.
-Hola, claro que sí. Muchas gracias. Yo soy Pilar- La perfecta dentadura blanca volvió a mostrarse, derribando la débil coraza del receptor.
La conversación se alargó un buen rato entre risas y divertidas anécdotas de ambos. Llegada la hora, se despidieron con la firme promesa de reincidir el encuentro. Así lo hicieron y, poco a poco, se repitieron más frecuentemente las citas, hasta llegar a ser casi diarias.
Acabó aquella campaña viticultora demasiado pronto para él y consiguió quedarse, gracias al favor de un buen amigo que algo intuía, trabajando en una de las bodegas locales que ofrecía su maravilloso vino por todo el territorio nacional. Allí encorchaba las botellas más exclusivas y vigilaba el correcto envejecimiento del selecto caldo de Rueda.
Formalizada la relación, no tardaron en pasar por la vicaría, una tarde en la que julio apretaba la temperatura con virulencia. Santa María de la Asunción lucía especialmente engalanada con multitud de coloridos claveles y rosas rojas, que perfumaban todo su interior, y llena de invitados, vecinos y curiosos que no se querían perder el sacramental acontecimiento. El sacerdote, un pequeño hombre de escaso pelo y redondas gafitas de alambre, ofició la sagrada homilía dedicándoles todos los parabienes conocidos y el deseado matrimonio se rubricó para siempre.
Algunos años después, la familia Castillo Borja pasaría de ser una pareja a ser un cuarteto. Se habían sumado los pequeños Ana María y Ángel, que invadían el hogar de travieso desorden y juguetes sin recoger. Transcurrió el tiempo. Los niños crecieron por el paso irremisible de la vida y ya formaban su adolescencia en un colegio de Tordesillas que tenía fama de preparar para el futuro con gran dedicación y profesionalidad. José y Pilar, con enormes sacrificios, se privaban de cualquier lujo o capricho personal para que el camino de sus hijos fuera todo lo exitoso que les pudieran dar, y ellos correspondían con formidables calificaciones llenas de reseñas agasajadoras por parte de sus tutores académicos.

La tertulia nocturna junto a la mesa camilla, después de la onerosa cena, no se alargó demasiado rato. Los dos cónyuges partieron pronto para el dormitorio matrimonial buscando el merecido y necesario descanso. Un beso los despidió. Para él, pronto sonaría el indiscreto despertador que llamaba a volver al tajo y recoger la mejor uva conocida, cuna y origen de los venerados vinos de aquella mundialmente afamada zona del interior vallisoletano. Ella tampoco dormiría mucho más.

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